miércoles, 5 de octubre de 2016

El Puerto Ahogado

Érase de veces los meses
que contados se hallaban reencontrados,
él en blanco vestido de marinero errante
y ella de sirena la cadera en carmín estrecho.

Dado por hecho el hecho
ambos partieron de la mano al puerto
en busca de un silencio muerto,
según contaba el muro del faro tuerto.

Primero callaba la boca la chica
con un dedo de prisa
y al verla el circunscrito caballero le dijo al oído:

"¿Qué acaban las espumas de tus olas
de ocultarme en esos febriles alfileres,
que tuercen las velas de tu sonrisa
en llana marea tan baja?"

En involuntario gesto disertó la muchacha
y haciendo algarabía de sus manos,
como de sus insinuantes gracias de dama,
movió con tonos enternecidos estas palabras:

"Señor, sé que clamas por un ancla,
y yo, barro de ama de casa excepto en mi alcoba,
vuelco barcos más grandes con mis ojos indiscretos,
veo por tanto que sus mansas algas marinas
esconden algo que al parecer mi piel no termina de sentir."

A lo dicho y sobre la arena grisácea
le revolcó la náusea a los tórtolos,
dando cuenta y vuelta a la realidad
como resaca de tamarindos en alcoholizado fermento.

Dos cuerpos se encontraron dormidos
al infinito tronar de las nubes,
la costa se llenó de sobrenombres para los difuntos
y les llamaron Thanos e Hipnos.

Fueron presas de su talasofilia en los muelles ahogados
y cortaron fustigados los lazos de su amor
sin haber dado fe y legalidad
de quién se quedaría con la casa y quién con el niño...

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