lunes, 24 de septiembre de 2018

Cuando Las Mentiras Son Mentirosas


De tanto decirnos pequeñas mentiras
las hemos descreído
o nos las hemos puesto de vestido.

Con tanto material para mentirnos bonito
nos hemos volcado
a darnos la mano,
primero de frente
y luego con llanto.

Algunas van aderezadas
y nos cuesta tragarlas,
no nos empachan ni nos aburren.

Mentiras todas, pero mentiras
que solo buscan ocuparse por encima
de cualquier verdad.

Las gentes las usamos a diario
con sigilo y recato
o con morbosidad.

De tanto creerlas,
las verdades verdaderas
nos empiezan a caer mal,
nos duele sentirnos
presas,
suertes gemelas de la curiosidad
que se reprenden solas
cuando abarcan la certeza
de oírse efímeras
o de oírse como realidad.

Las hallas enteritas o completas
dentro del viaje de un libro,
dentro del coma inducido,
dentro del vaso de licor vacío,
dentro y afuera,
afuera y adentro.

Suenan bonito desde lejitos
susurros benditos
que transmutan las penas
por veracidades nuevas.

No todas son excusas
algunas se dicen incompletas
y otras,
como gritos,
se dicen a oscuras/apenas.
Con tanto mencionar
tantas mentiras,
son meros hechos preferidos
por sobre las casualidades,
por debajo de las sucias verdades.

Si de la nada formamos
cortezas robustas,
creamos vidas tejidas
con los labios
como sueños de gigantes rotos,
igual nos preferimos
ver termitas
con el tiempo,
que un sesgado clima nublado
para el que llevamos al lado.

Si las hablamos
o nos las guardamos
se ven como trapos,
al alumbrarse por encima
bajo el sol/lupa,
un lodo secando
al calor,
al amor del engaño.

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