Introducción

El poeta que bebe café sabe bien
que el único mejor aroma
entre la tinta y la taza
es el perfume de su amante.

-Rodrigo Villalobos F.

viernes, 21 de octubre de 2016

El accidente sin memoria

Daban las tres de la tarde, la calle se silenciaba y el calor seco se enternecía con los ojos de una dama. Ella se alejaba a paso lento. La ciudad se erguía en todos los puntos cardinales y el aire se sentaba a su lado. Se saludaban cerca otras mujeres más bonitas, según le parecía.

De pronto, eran las cinco ya y el trecho recorrido en una sola dirección le parecía apenas corto. Se sentía ansiosa y paranoica, aunque no lo estaba. La gente de pronto empezó a borrarse delante y detrás. Los letreros empezaban a iluminarse y las personas se atravesaban a sus costados en prisas incoherentes sobre neumáticos y sobre baches mal parchados.

Su mirada era liviana, su piel cada vez más nívea. Ella, que no llamaba la atención de ninguno, se dirigía sin rumbo aparente al frente. No volteaba a ver a nadie, así como nadie la volteaba a ver y de pronto, casi a media noche, se frenó para hacer una fotografía mental de su extenso recorrido.

Le arropaban los estupores metálicos de los focos amarillentos. El olor a sangre que manaba de su cuerpo se intensificaba. Los talones descalzos ya gastados y el frío rocío de la madrugada iniciaban en ella una metamorfosis de visibilidad escalofriante.

Casi irreconocible de sí, gritó y gimió. Se calmó conforme la conciencia se reconciliaba con su piel y sus cicatrices. Al verse sola advirtió recuerdos inmediatos, pero no precisos: un carro, llanto y miedo, paramédicos a destiempo, una lluvia que ennegrecía la sangre derramada y una bastarda necesidad de saberse muerta.

Ya casi asomaban las tres de la mañana, el manto estrellado acordonaba la carretera y cuatro jóvenes casi borrachos que viajaban a toda velocidad no la advirtieron por asomo hasta tenerla casi al frente. El auto volcó fuera de la cinta asfáltica. La lluvia asomó y con ella el estallido del tanque de gasolina que arrojó carbonizados dos de los cuatro cadáveres.

La dama, cuyos pies gastados y descalzos había montado un nuevo teatro, se cobraba cuatro almas nuevas. Se incorporó con indiferencia y olvido desde el suelo y empezó otra nueva caminata en la misma dirección para desvanecerse de la escena con sus ropas igual de rasgadas sin saber que doce horas después estaría por despertar de su insomnio maldito otra vez.

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